Soliloquios en la Ciudad Eterna: Roma. (Français/Espagnol)

Viajar es recrear caminos. Proporcionar vida a nuestros muros. Motivar imaginarios, despertar anhelos. Compartir sueños.

Caminar son los objetivos de todo caminante en busca de un punto de llegada, interrogando el final. No sabe que naciendo comienza su regreso a la tierra, al barro, al eco de cenizas. Pero desde la primera edad se instala en su conciencia que, entre amaneceres y crepúsculos, debe beber sus lágrimas, acariciar sonrisas y esculpir día a día su destino.

Vive antes de morir, nos señaló el sabio que crucificaron en Jerusalén, en la época del Imperio Romano. Aún resuenan los pasos de centuriones por calles empedradas. Y los gritos de la multitud ávida de sangre. Dejaron vivo al ladrón, coronaron con espinas la verdad. Pienso que la realidad, a veces, es una comedia salpicada de mentiras. Pero todo verbo dignifica la utopía. Existir es un sueño que se concretiza por la voluntad de construir otra realidad.

En el fondo de ti encontrarás el espejo de tus deseos. Vive con los ojos cerrados, el encuentro entre tu y el otro tu no tiene miradas, sólo el camino es importante. Tus manos construyen desde el pasado para ver un futuro. La hoguera en tu pecho es un magma de personajes cruzando puertas de existencia. ¿Cuántos acarician tus recuerdos?. Todo pasa. Hasta el olvido es olvidado en los brazos de cada amanecer. Sólo la ilusión te pertenece. Y el oscuro susurro de la muerte. No olvides que los amantes sin rostro, hablan por los labios de la Luna…y sus deseos explotan entre los dientes del sol. Existe en la vida, no en el tiempo. Busca las huellas del verbo verdadero. Piensa en silencio, habla si tus palabras son necesarias a la verdad. No te niegues negando a los demás. Y recuerda que todo amor es una fuerza inmensurable. Ya lo dijo el de arriba… ¡y yo le he creído siempre!.

Quién así conversaba, es mi Madre. Tranquila, sonriente. Desde niño admiré su carácter, la fuerza de su fe. Y es en mi interrogación de conocer la fuente que inspiraba su acción, lo que hizo prometerle que viajaría, por ella, a Roma. Su Alzheimer avanzó. Hoy sus recuerdos van y vienen, pero siempre sonriente. Y no olvidé mi promesa. Olvidar es no haber vivido.

Dentro del tiempo, existe otro tiempo. Ambos viven para vivirme. En Agosto del verano europeo, caminé cuatro días por la Cittá Eterna. Roma me abraza sin conocerme. Todos los idiomas del mundo en sus pupilas místicas. Los que deben encontrarse se reconocerán. Tiempo y belleza desbordan mis ojos. Observo desde el puente Sant’Angelo, el Castillo San Ángel y la arquitectura religiosa de la basílica San Pedro, en el Vaticano. Abajo, entre riberas del río Tíber, algunos pequeños barcos llevan a imaginar el comienzo de su historia, que abarca tres milenios. Entre siete colinas, se funda (1) la aldea originaria de los gemelos Rómulo y Remo. De la leyenda se cultiva la realidad histórica. Y en cada rincón del presente, se respiran vestigios de su importante civilización, que influencia culturas, arte, arquitectura, religión, filosofía, idiomas,  derecho, a través de los siglos.

La memoria patrimonial de Roma habla por si sola. Las palabras no son necesarias, basta escuchar los susurros del río, piedras, iglesias, campanas, puentes, Coliseo, Panteón, esculturas de ángeles o demonios, columnas sagradas, parques, plazas, barrios y basílicas, que alternan sus conversaciones en cada rincón de la heterogénea ciudad, con pueblos de todos los colores, de todas las naciones, confluyendo hacia los sentimientos de una sola palabra: Paz.

Pero no se logra una paz sin dolor. Señor, ¿porqué me has abandonado? Susurra la memoria del moribundo. La respuesta estalla con las rocas. El mundo comienza y termina en cada uno de nosotros. Caminó para mostrar sus llagas a los incrédulos. Su voz sonora despertaba oídos sordos. Mírate y mírame para no olvidarte, parece decir entre silencios. Los que no lo sienten no pueden renacer. Ajenos, respiran por obligación. No logran captar lo esencial del mensaje, la otra respiración: aquella que es pan de la vida, verbo infinito, transparencia.

Idas, regresos, amistad…

Retorno a mi infancia, a un barrio de Santiago, lugar de mis primeros asombros. Observo los rostros curtidos de obreros de la construcción, de las imprentas populares, comparto con migrantes del campo a la ciudad, muchos de origen Mapuche. Escucho sus historias, abuelas hablando Mapudungun (lenguaje de la tierra)… Y siento la sonrisa de mi Madre. Me habla por los labios de sus vidas. Descubre  cicatrices y su fe en el altar de los recuerdos, susurra la oración de los retornados. Mi vista la alcanza.

En la real realidad de hoy, mis soliloquios rememoran el pasado, en la Basílica de San Pablo, en los alrededores de Roma. Y no es casualidad. Todo destino tiene sus raíces. Mi promesa resurge con fuerza ante la historia de Saulo de Tarso. De perseguidor pasa a ser perseguido. Su fe lo salva , aunque muere torturado, con la cabeza hacia la tierra. Pero ¿no hay amistad más grande que entregar su vida por los verdaderos amigos?. En sus escritos describe parte de su conversión y la fuerza de su nueva vida, después de escuchar el clamor de Cristo preguntándole: ¿Porqué me persigues?... En la teología Paulina encontramos su respuesta: Dios hace justo al hombre transformándolo.

Transformación rima con revolución. Ambas palabras no dividen, reconcilian al ser con lo humano. Une lo que separa el yo con el nosotros. Invitan a entregarse, darse dándose, desde el fondo de si mismo, desde la fuente de cada transfiguración, que comienza con el verbo amar. Convencido, afirmo que la fe es simplemente lo que llamamos amor. No hablo de teologías, la fe divina existe, así como la fe humana. Ambas provienen de una raíz común: creer. Y es en la vertiente del creer creyendo, incluso sin ver, donde percibo la respuesta a la fuerza humana de mi Madre, y de tantas mujeres de nuestro continente y del mundo. Necesitaba esa agua de vida, para sobrepasar las grandes dificultades de su existencia. Su fe la arropa, de manera intuitiva, natural. Fortalece en su espíritu una doble convicción : cree en lo divino y en lo humano. Vivificando creencias siembra verbos, reflexiones, sonrisas, amistad. Bebe en silencio lágrimas amargas, cultiva la esperanza. Habla con su ejemplo, sin imponer virtudes, o lo religioso. Quizás sin darse cuenta, nos entrego lo valioso del libre albedrío: el sentido de la libertad, de la conciencia, de las decisiones, del respeto de si mismo y de los demás, ante los múltiples misterios del vivir viviendo.

Hoy es el futuro del ayer. La poesía nos conduce al centro del origen: sólo la metáfora logra responder lo que no se ve pero se siente. Y me reconozco en lo humano y sus fuerzas espirituales. Este sincretismo no margina mitos y dioses de nuestros ancestros, multiplicados en diferentes culturas que alcanzaron un desarrollo sin precedentes. Los elementos de la naturaleza tienen cualidades divinas. La tierra es la Madre (Mapu, Pachamama). En su vientre se gestan de Luna a Sol, los albores cosmogónicos alimentando sueños, entre cuentos y leyendas que no esconden sus verdaderos personajes. Todo nace y muere, polvo somos y volvemos a ser. No existen significados que no conduzcan a esta verdad. ¿Será la muerte un punto suspensivo? Lo que sea es y vuelve a ser en el Ser.

El lenguaje trasciende, se inventa y reinventa, queda la música en nuestra memoria.

Y el verbo materno conduce mis regresos. Es mediodía de Domingo en el Vaticano. Se renueva el compromiso de miles de peregrinos al escuchar las frases de Francisco. Sonriendo solicita tener fe en nuestros destinos. Luchar por lo que creemos, buscar y otorgar la paz y amistad. Sabias palabras en un mundo de contradicciones y mentiras. Sería ingenuo no ver los lados oscuros de nuestras sociedades: explotación de inmigrantes, tráficos de droga, prostitución, por señalar sólo algunos de los flagelos “modernos”, incrustados en la mayoría de las principales ciudades europeas y del mundo. ¿Cuánta fe será necesaria para reinventar un planeta más humano? No importa la cantidad, es necesario atreverse, volver a nacer en el milagro de todos los días, en la justicia, y por sobretodo, el amor.

¿Y no es esta precisamente una hermosa respuesta a la búsqueda de la fuente humana: encontrar la fraternidad y compartirla, como pan de vida, como hostia de existencia? La fuente de la fe, es la fe misma en nuestra fuente de vida. Mi Madre lo sabía, Roma me lo volvió a confirmar. Y el poeta que se viste con mi rostro me grita : ¡Merece lo que amas!

Soliloques dans la Ville Eternelle, Rome 

Voyager, c'est recréer des chemins, repousser les murs de notre vie, susciter notre imaginaire, éveiller les désirs, partager les rêves. 

Cheminer est l'objectif du marcheur en quête de son point final, et qui s'interroge sur cet aboutissement.  Il ne sait pas que naître signifie retourner à la terre, à la boue, à l'écho des cendres. Mais dès le premier âge est inscrit dans sa conscience qu'il lui faudra, entre aubes et crépuscules, boire ses larmes, caresser les sourires et sculpter son destin jour après jour.

Vis avant de mourir, nous enseigne le sage qui fut crucifié à Jérusalem, à l'époque de l'Empire Romain. Les pas des centurions résonnent encore sur les rues pavées. Et les cris de la foule assoiffée de sang. Ils ont laissé vivre le voleur et couronné d'épines la vérité. Je me dis que la réalité est souvent une comédie éclaboussée de mensonges. Mais tout verbe dignifie l'utopie. Exister est un songe concrétisé par la volonté de construire une réalité autre.

En ton for intérieur, tu trouveras le miroir de tes désirs. Vis les yeux fermés, nul besoin de regard entre toi et ton autre toi, seul le chemin est important. Avec le passé, tes mains bâtissent pour le futur. Le feu dans ta poitrine est un magma de personnes traversant les portes de l'existence. Combien caressent tes souvenirs ? Tout passe. Jusqu'à l'oubli de l'oubli dans les bras de chaque aube nouvelle. Seule, l'illusion est tienne. Et l'obscur murmure de la mort. N'oublies pas que les amants sans visage parlent par les lèvres de la Lune... et leurs désirs éclatent entre les dents du soleil. Existe dans la vie, pas dans le temps. Cherche les traces de la parole authentique. Pense en silence, et parle si tes mots sont nécessaires à la vérité. Ne te renie pas en niant les autres. Et souviens-toi que chaque amour est une force incommensurable. Ce que disait déjà celui d'en haut... Et moi je l'ai toujours cru !

Qui me disait cela, c'était ma Mère. Tranquille, souriante. Tout enfant, j'admirai déjà son caractère, la force de sa foi. Et elle a mis en moi ce questionnement de connaître la source qui inspirait ses actes ; c'est pourquoi je lui avais promis de faire ce voyage à Rome, pour elle. Sa maladie d'Alzheimer progressait. Aujourd'hui, ses souvenirs vont et viennent, mais elle reste souriante. Et je n'ai pas oublié ma promesse. Oublier, c'est ne pas avoir vécu.

A l'intérieur du temps existe un autre temps. Tous deux vivent pour me vivifier. En ce mois d'août de l'été européen, je suis parti quatre jours dans la Ville Eternelle. Rome m'a ouvert les bras sans me connaître. Toutes les langues du monde en ses pupilles mystiques. Le temps et la beauté débordaient de mes yeux. J'observai, depuis le pont Saint-Ange, le château Saint-Ange et l'architecture religieuse de la basilique Saint Pierre, au Vatican (1). En bas, entre les rives du Tibre, la vision de petits bateaux m'amena à imaginer le début de leur histoire, qui comprend trois millénaires. Entouré de sept collines, s'est établi le hameau  d'où sont originaires les jumeaux Romulus et Remus. De la légende naquit la réalité historique. Et en chaque coin et recoin du présent se respirent les vestiges de l'importante civilisation qui a influencé cultures, arts, architecture, religion, philosophie, langages, à travers les siècles.

La mémoire patrimoniale de Rome parle d'elle-même. Point n'est besoin de mots, il suffit d'écouter les murmures du fleuve, les pierres, les églises, les cloches, les ponts, le Colisée, le Panthéon, les sculptures d'anges ou de démons, les colonnes sacrées, les parcs, les places, les quartiers et les basiliques, qui parsèment de leurs conversations chaque coin de la ville hétérogène, avec ses gens de toutes couleurs, toutes nations, confluant vers le sentiment d'un unique mot : Paix.

Mais il n'y a pas de paix sans douleur. Seigneur, pourquoi m'as-tu abandonné ? murmure la mémoire du moribond. La réponse explose avec les roches. Le monde commence et se termine en chacun de nous. Il a marché pour montrer ses plaies aux incrédules. Sa voix sonore a réveillé les oreilles sourdes. Regarde-toi et regarde-moi afin de ne pas t'oublier, semble-t-il dire entre les silences. Ceux qui ne sentent pas cela ne peuvent pas renaître. Comme étrangers, ils ne respirent que par obligation, incapables de comprendre l'essence du message, l'autre respiration, celle qui est le pain de la vie, verbe infini, transparence.

Allers, retours, amitié...

Je retourne à mon enfance, à un quartier de Santiago, lieu de mes premiers étonnements. J'observe les visages tannés des ouvriers du bâtiment, les imprimeries populaires, les migrants venus de la campagne à la ville, nombre d'origine Mapuche. Je revois le visage des aïeules parlant le Mapudungun (langage de la terre)... Et je sens le sourire de ma Mère. Qui me parle par les lèvres de leurs vies. Je découvre des cicatrices et sa foi sur l'autel des souvenirs, murmurant la prière de ceux qui reviennent. Ma vision les saisit.

Dans la vraie réalité d'aujourd'hui, je me retrouve à la rencontre du passé remémoré, dans la Basilique Saint-Paul, aux environs de Rome.  Et ce n'est pas par hasard. Tout destin provient des racines. Ma promesse resurgit avec force face à l'histoire de Paul de Tarse (Saint Paul). De persécuteur, il passa à persécuté. Sa foi le sauva, mais il mourut par la torture, face contre terre. Mais y a-t-il plus grande amitié que livrer sa vie pour de véritables amis ? Dans ses lettres, Paul décrit une partie de sa conversion et la force de sa nouvelle vie, après qu'il a entendu la clameur du Christ lui demandant : Pourquoi me persécutes-tu ?  La théologie paulienne nous donne la réponse...  Dieu agit justement en transformant l'homme.

Transformation rime avec Révolution. Les deux mots ne divisent pas, ils réconcilient l'être et l'humain, ce qui sépare le moi des autres. Ils invitent à se livrer, à s'abandonner, tout entier depuis le fond de soi, depuis la source de chaque transfiguration qui commence avec le verbe Aimer. Convaincu, j’affirme que la foi est tout simplement ce que nous appelons Amour. Je ne parle pas de théologie, la foi divine existe, tout comme la foi humaine. Toutes deux sont issues d’une racine commune : croire. Et c’est dans ce “croire par la croyance” que je perçois la réponse sur la force humaine de ma Mère. Elle avait besoin de cette eau de vie pour pouvoir surmonter toutes les grandes difficultés de son existence. Sa foi l’enrobe de façon instinctive, naturelle. Renforce en elle une double conviction : croire au divin et à l’humain. Croyance vivifiée par des moissons de mots, réflexions, sourires et amitié. Elle y boit entre les silences de ses larmes, cultive l’espérance, parle à son exemple, sans imposer vertus ni religion. Sans s’en rendre compte, peut-être, elle nous a légué le prix du libre arbitre : le sentiment de la liberté, de la conscience, de l’esprit de décision, du respect de soi-même et d’autrui, face aux multiples mystères de la vie vivante.

Aujourd’hui est le futur d’hier. La poésie nous conduit au centre de l’origine : seule la métaphore touche à la réponse qui ne se voit pas mais se ressent. Et je me reconnais en l’humain et ses forces spirituelles. Ce syncrétisme ne sépare pas les mythes et les dieux de nos ancêtres, répartis en tant de cultures diverses en un développement sans précédent. Les éléments de la nature ont des qualités divines. La terre est la Mère (Mapu ou Pachamama). De son ventre sont nés la Lune et le Soleil, les aubes cosmogoniques nourricières des rêves, entre contes et légendes qui ne dissimulent pas les personnages véritables. Tout naît et meurt, nous sommes poussière et retournerons à la poussière. Il n’existe aucune signification qui ne conduise pas à cette vérité-là. La mort sera-t-elle un point d’interrogation ? Quoi qu’elle soit, elle sera un retour de l’être dans l’Etre.

Le langage transcende, il s’invente et réinvente, instaure la musique en notre mémoire.

Et le verbe maternel m’a emmené vers ces retours. Il est midi en ce dimanche au Vatican. L’engagement de milliers de pélerins se renouvelle à l’écoute des phrases de François. Souriant, il nous demande de garder foi en nos destins. De lutter pour ce en quoi nous croyons, de chercher et répandre la paix et l’amitié. Sages paroles en un monde de contradictions et mensonges. Il serait naïf de ma part de ne pas voir les côtés sombres de nos sociétés : l’exploitation des immigrants, les trafics de drogue, la prostitution, pour ne citer que quelques-uns de nos fléaux “modernes”, incrustés dans la majorité des principales villes européennes et du monde. Combien de foi faudra-t-il pour réinventer une planète plus humaine ? Peu importe la quantité, il faut de l’audace, renaître dans le miracle de chaque jour, dans la justice et, par dessus tout : dans l’amour !

Et n’est-ce pas précisément une belle réponse à la quête de notre source humaine : aller à la rencontre de la fraternité et la partager, comme du pain de vie, comme l’hostie de l’existence ? La source de la foi, c’est la foi-même en notre source de vie. Ma Mère le savait, Rome me l’a confirmé. Et le poète en moi m’a crié : “Mérite ce que tu aimes !”

Luis Del Río Donoso

Paris, 13 septembre 2014

Note 1 : 21 avril 753 avC.

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